Con esta última duré un año y medio. Lo de ella fue algo más profundo, no se, algo diferente. Honestamente con ella me sentí como nunca me había sentido; me llenaba por completo y me hacia sentir plena. Después de un intercambio de miradas Hugo llegó y rompió el encanto; la interacción con Julia fluía de tal manera, que pareciera algo previsto, casi convencional. Simultáneamente, los tres sonreímos sin motivo aparente, y luego de un gesto coqueto y de una interjección de Hugo, él nos preguntó, ¿y ustedes que tanto platicaban he? Parece que se la pasan bien jaja, Pero bueno ya que te veo tan contenta Julia voy a proceder a pagarte, ten, ahí tienes los quinientos pesos que me prestaste, para que veas que yo si pago y soy cumplida, hay perdón, cumplido jaja. Luego de reírnos y bromear, enterado de que estábamos a punto de retirarnos, le pedí a Julia su número de celular. Antes de terminar de anotarlo ella ya estaba pronta a anotar el mío, Bueno pues me llamas Jorge para a ver que día nos vamos a tomar un café o al cine, Ok, tenlo por seguro. Sonreímos y luego Hugo dijo, Bueno pues nosotros nos retiramos Julia, ya se esta haciendo tarde y tenemos tantas cosas que hacer Jorge y yo… jaja, Si ya lo veo jaja, bueno pues que les vaya bien chicos, se cuidan y se portan mal, Adiós Julia, te llamo. No sin renuencia tuve que asentir a la petición de Hugo de irnos, la verdad me hubiera gustado quedarme con Julia toda la noche y toda una vida; la fluidez de nuestra interacción era casi insólita, como si estuviéramos predestinados a desatinar nuestras conciencias, como si alguna coincidencia cósmica hubiese apuntado hacia nosotros y hubiese acertado.
Salimos de la tienda y los remanentes del sopor nos golpearon. Eran las siete de la noche y aun se podía percibir un leve tinte purpura en el horizonte, un purpura difuminado por el vaho espeso del smog, que lo manchaba de un grisáceo crudo. Sin determinación alguna caminamos hacia la derecha de la calle, por el mismo trayecto por donde habíamos venido cuarenta y cinco minutos antes. Luego de un trecho, Hugo me preguntó, ¿Y que tanto te contaba Julia? De momento no supe que contestar, mi noción del tiempo y el espacio se habían suspendido por completo, el contacto con Julia tuvo efectos sublimes en mi, ¿Jorge? Despierta, ¿Qué tienes? Volteé la cara y lo observé, como quién observa a alguien dentro del agua, lento y borroso, impotente para articular palabras, Jorge, despierta. Hugo tronó dos veces los dedos y fue entonces que volví en mi, Perdón es que estaba distraído, ¿Distraído?, mas bien en la lela, abstraído yo diría, que pasa ¿te quedaste ido o que?, No jaja, creo que Julia me hechizó, Si, ya veo, desconocía ese talento en ella, no cabe duda que uno no deja de conocer a las personas, pero ¿Qué fue eso que te encantó de Julia?, Su otro yo; no lo podría definir, además, creo que revelaría cosas que me atañen muy personalmente, cosas que honestamente quisiera guardarme por el momento, Bueno no te voy a presionar más. Pero que onda ¿quieres ir a mi casa?, si quieres te hago un corte de cabello más extravagante o si quieres vestimos de mujeres, nos transformamos en majestuosas damas con unos cosméticos bien chidos que tengo, o vemos una película o… lo que quieras, Ok, pero ¿tu vives solo verdad?, Así es, y de hecho no vivo muy lejos de aquí, son como seis cuadras, mi casa esta justo al lado del paseo Santa Lucía; tengo una vista impresionante desde mi cuarto, Bueno pues andando, ya veremos que hacemos estando allí. El aire nos golpeaba la cara y levemente nos refrescaba, el ambiente se respiraba caliente y la sed me secaba el paladar. Ráfagas de calor y de sonidos impregnaban el ámbito. La noche se cernía por fin, el suelo y la tierra clamaban por la luna, le rogaban su presencia, invocaban sus sombras y abominaban del sol incandescente e inclemente; el crepúsculo pintaba de amatista el horizonte de Monterrey, dando paso a una tibia noche.
Cruzamos la calle Ocampo a la altura de la calle Mariano Escobedo. Las luces de los hoteles, los automóviles y las plazas empezaban a relumbrar; el centro de Monterrey se teñía de una gama abstracta de colores y formas que evocaban, en sentido figurado, algún oleo desatinado de Manuel Felguerez. El hotel Ancira, con sus balcones simétricos, su frontispicio semi barroco, las dos pilastras blancas a la entrada y su tersura acanterada de color caqui, le daban al conjunto un aire bohemio que contrastaba con las luces neón de varias tiendas circundantes. Resecos de sed, decidimos comprar un refresco y, en una heladería que hace esquina entre la calle Morelos y Escobedo, compramos dos vasos de agua, uno de horchata y otro de fresa. Beber el vital líquido nos hizo recobrar el hilo de la plática, ya que la sed nos pegaba las lenguas y nos embotaba las cuerdas vocales, Oye Hugo y cuanto llevas sin novio, Como tres meses, aunque ahora me veo casualmente con un chavo que conocí hace como un año; somos amantes, O que padre, siempre he creído que ser amante es ser servidor de la pasión, o ser adicto a la pasión. No hay manera más efusiva de llegar al éxtasis que estando con un amante; la ansiedad y la adrenalina de lo clandestino pueden ser un gran afrodisiaco, al menos para mi, Pero ¿alguna vez le has puesto el cuerno a alguien? ¿O has sido “el otro” Jorge?, No le he puesto el cuerno directamente a alguien, pero si he sido “el otro”, aunque en un principio no lo sabía, O sea como, Has de cuenta que cerca de mi casa vivía una señora de treinta y nueve años, casada y con dos niñas de diez y siete años respectivamente. En aquel tiempo solía leer en las bancas del parque contiguo a mi casa. Lecturas escuetas interrumpidas por la presencia y conversación de Victoria, la señora de la esquina, que siempre iba a pasear a sus niñas al parque y que importunaba mis lecturas con sus interrupciones. Ella era una mujer en plena edad, de ojos miel, tez blanca, pelo castaño y algo regordeta, lo que coloquialmente conocemos como gordibuena, de labios carnosos y piernas esplendidas. En pocos días nuestras conversaciones pasaron de lo casual y común a lo íntimo y bizarro, interrogando hasta nuestras sombras, revelando ansias y manías, develando las incontables heridas que laceraban nuestra alma y existencia, encontrando la anhelada comprensión y confidencia, confiándonos todo, sin pudor ni tapujos. El marido de Victoria trabajaba en la ciudad de Torreón y venía a casa solo los fines de semana, lapso durante el cual se ausentaba la mayor parte del tiempo, llegando a casa a altas horas de la noche y muy alcoholizado. La fatiga y la impotencia eran notorias en el rostro cansado de Victoria, a la vez que un hartazgo por su matrimonio. En una ocasión Victoria me invitó a tomar una café a su casa. Era jueves y raramente el cielo estaba nublado, lluvioso. Entramos a su casa; las niñas no estaban ya que las había llevado con una hermana. Victoria, después de tres tazas de café y de platica confidencial, no pudo contener las lágrimas, y sin pudor alguno, me mostró un golpe que su marido le había propinado en la nalga izquierda donde tenía pintado un gran moretón rojo. Sonrojé al ver su exquisito glúteo lastimado. Me instó a sobarlo con mi mano; a sentir la tersura herida de su piel. Me invitó a besar su moretón, a paliar con mis labios el dolor que sintió. Me invitó a lamer la curvatura entera de su glúteo; a limpiar con mi lengua las escorias de su desdichado matrimonio; a aliviar con mis caricias todos sus suplicios; a remover poco a poco, con mis nerviosos dedos, todo el velo acre de su impotencia; a saciar con sus jugos mi clandestina sed; a introducir en ella el anhelado deseo de venganza, penetrando hasta el alma, para purificar su cuerpo de las infamias infringidas, a penetrar, en el más amplio sentido del termino… ¡órale que intenso! dijo Hugo, Pues la verdad si lo fue. Estuvimos viéndonos en secreto por alrededor de seis meses, cuidándonos de miradas furtivas y de platicas incriminatorias, siempre alertas, siempre andándonos con cuidado, caminando sobre el delicado y tambaleante hilo de los nervios, fingiendo indiferencia, aparentando frivolidad. El temor a ser descubierto con las manos en la masa por su alcohólico y bribón esposo me hizo desistir de seguir viéndola. Además, la adrenalina y el vértigo que sentía al estar junto a Victoria empezaban a descongelar sentimientos petrificados en mí, que de haberlos dejado aflorar me hubieran lastimado bastante. Pero ante todo fue el miedo de que su esposo y sus secuaces me fueran a partir la madre lo que me hizo dejar de verla, A mira nomas Jorge, quien te viera. Caminamos una cuadra más y luego doblamos a la derecha. Seguimos en línea recta por todo Padre Mier hasta llegar al cruce con Zuazua. A la derecha se divisa el frontispicio amarillo y nacarado de la catedral y al fondo el Museo de Arte Contemporaneo, obra insigne de Ricardo Legorreta; a la izquierda y un poco a nuestras espaldas esta el congreso del estado, reflejo posmoderno de arquitectura brutalista; contiguamente al congreso esta el palacio de justicia, un gran arco rectangular, gris como gris el cielo del centro de la ciudad es, reflejo brumoso del cielo; al fondo a la izquierda esta el antiguo palacio de gobierno, obra ciclópea, símbolo del auge económico regio de finales del XIX, legado de don Bernardo Reyes, hombre honorable, ejemplo moral y ético; al fondo y de frente se divisa el cerro de la silla, insignia máxima de Monterrey, testigo implacable del acontecer regio, imponente, amenazante, como dos colmillos puntiagudos que recortaran el cielo. El semáforo de transeúntes en verde, treinta segundos para cruzar, y nosotros contemplando el panorama, contemplándonos, sonriéndonos las ganas, Vente Jorge, quiero contemplarte más íntimamente, ya mero llegamos, Ok, yo también te quiero tener más cerca Hugo. La oscuridad finalmente se cernió a nuestro alrededor y en ese mismo instante el cerro de la silla se desvaneció tras el velo oscuro. Llegando a la esquina de…
lunes, 4 de mayo de 2009
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