lunes, 4 de mayo de 2009

primavera 3

Con esta última duré un año y medio. Lo de ella fue algo más profundo, no se, algo diferente. Honestamente con ella me sentí como nunca me había sentido; me llenaba por completo y me hacia sentir plena. Después de un intercambio de miradas Hugo llegó y rompió el encanto; la interacción con Julia fluía de tal manera, que pareciera algo previsto, casi convencional. Simultáneamente, los tres sonreímos sin motivo aparente, y luego de un gesto coqueto y de una interjección de Hugo, él nos preguntó, ¿y ustedes que tanto platicaban he? Parece que se la pasan bien jaja, Pero bueno ya que te veo tan contenta Julia voy a proceder a pagarte, ten, ahí tienes los quinientos pesos que me prestaste, para que veas que yo si pago y soy cumplida, hay perdón, cumplido jaja. Luego de reírnos y bromear, enterado de que estábamos a punto de retirarnos, le pedí a Julia su número de celular. Antes de terminar de anotarlo ella ya estaba pronta a anotar el mío, Bueno pues me llamas Jorge para a ver que día nos vamos a tomar un café o al cine, Ok, tenlo por seguro. Sonreímos y luego Hugo dijo, Bueno pues nosotros nos retiramos Julia, ya se esta haciendo tarde y tenemos tantas cosas que hacer Jorge y yo… jaja, Si ya lo veo jaja, bueno pues que les vaya bien chicos, se cuidan y se portan mal, Adiós Julia, te llamo. No sin renuencia tuve que asentir a la petición de Hugo de irnos, la verdad me hubiera gustado quedarme con Julia toda la noche y toda una vida; la fluidez de nuestra interacción era casi insólita, como si estuviéramos predestinados a desatinar nuestras conciencias, como si alguna coincidencia cósmica hubiese apuntado hacia nosotros y hubiese acertado.
Salimos de la tienda y los remanentes del sopor nos golpearon. Eran las siete de la noche y aun se podía percibir un leve tinte purpura en el horizonte, un purpura difuminado por el vaho espeso del smog, que lo manchaba de un grisáceo crudo. Sin determinación alguna caminamos hacia la derecha de la calle, por el mismo trayecto por donde habíamos venido cuarenta y cinco minutos antes. Luego de un trecho, Hugo me preguntó, ¿Y que tanto te contaba Julia? De momento no supe que contestar, mi noción del tiempo y el espacio se habían suspendido por completo, el contacto con Julia tuvo efectos sublimes en mi, ¿Jorge? Despierta, ¿Qué tienes? Volteé la cara y lo observé, como quién observa a alguien dentro del agua, lento y borroso, impotente para articular palabras, Jorge, despierta. Hugo tronó dos veces los dedos y fue entonces que volví en mi, Perdón es que estaba distraído, ¿Distraído?, mas bien en la lela, abstraído yo diría, que pasa ¿te quedaste ido o que?, No jaja, creo que Julia me hechizó, Si, ya veo, desconocía ese talento en ella, no cabe duda que uno no deja de conocer a las personas, pero ¿Qué fue eso que te encantó de Julia?, Su otro yo; no lo podría definir, además, creo que revelaría cosas que me atañen muy personalmente, cosas que honestamente quisiera guardarme por el momento, Bueno no te voy a presionar más. Pero que onda ¿quieres ir a mi casa?, si quieres te hago un corte de cabello más extravagante o si quieres vestimos de mujeres, nos transformamos en majestuosas damas con unos cosméticos bien chidos que tengo, o vemos una película o… lo que quieras, Ok, pero ¿tu vives solo verdad?, Así es, y de hecho no vivo muy lejos de aquí, son como seis cuadras, mi casa esta justo al lado del paseo Santa Lucía; tengo una vista impresionante desde mi cuarto, Bueno pues andando, ya veremos que hacemos estando allí. El aire nos golpeaba la cara y levemente nos refrescaba, el ambiente se respiraba caliente y la sed me secaba el paladar. Ráfagas de calor y de sonidos impregnaban el ámbito. La noche se cernía por fin, el suelo y la tierra clamaban por la luna, le rogaban su presencia, invocaban sus sombras y abominaban del sol incandescente e inclemente; el crepúsculo pintaba de amatista el horizonte de Monterrey, dando paso a una tibia noche.
Cruzamos la calle Ocampo a la altura de la calle Mariano Escobedo. Las luces de los hoteles, los automóviles y las plazas empezaban a relumbrar; el centro de Monterrey se teñía de una gama abstracta de colores y formas que evocaban, en sentido figurado, algún oleo desatinado de Manuel Felguerez. El hotel Ancira, con sus balcones simétricos, su frontispicio semi barroco, las dos pilastras blancas a la entrada y su tersura acanterada de color caqui, le daban al conjunto un aire bohemio que contrastaba con las luces neón de varias tiendas circundantes. Resecos de sed, decidimos comprar un refresco y, en una heladería que hace esquina entre la calle Morelos y Escobedo, compramos dos vasos de agua, uno de horchata y otro de fresa. Beber el vital líquido nos hizo recobrar el hilo de la plática, ya que la sed nos pegaba las lenguas y nos embotaba las cuerdas vocales, Oye Hugo y cuanto llevas sin novio, Como tres meses, aunque ahora me veo casualmente con un chavo que conocí hace como un año; somos amantes, O que padre, siempre he creído que ser amante es ser servidor de la pasión, o ser adicto a la pasión. No hay manera más efusiva de llegar al éxtasis que estando con un amante; la ansiedad y la adrenalina de lo clandestino pueden ser un gran afrodisiaco, al menos para mi, Pero ¿alguna vez le has puesto el cuerno a alguien? ¿O has sido “el otro” Jorge?, No le he puesto el cuerno directamente a alguien, pero si he sido “el otro”, aunque en un principio no lo sabía, O sea como, Has de cuenta que cerca de mi casa vivía una señora de treinta y nueve años, casada y con dos niñas de diez y siete años respectivamente. En aquel tiempo solía leer en las bancas del parque contiguo a mi casa. Lecturas escuetas interrumpidas por la presencia y conversación de Victoria, la señora de la esquina, que siempre iba a pasear a sus niñas al parque y que importunaba mis lecturas con sus interrupciones. Ella era una mujer en plena edad, de ojos miel, tez blanca, pelo castaño y algo regordeta, lo que coloquialmente conocemos como gordibuena, de labios carnosos y piernas esplendidas. En pocos días nuestras conversaciones pasaron de lo casual y común a lo íntimo y bizarro, interrogando hasta nuestras sombras, revelando ansias y manías, develando las incontables heridas que laceraban nuestra alma y existencia, encontrando la anhelada comprensión y confidencia, confiándonos todo, sin pudor ni tapujos. El marido de Victoria trabajaba en la ciudad de Torreón y venía a casa solo los fines de semana, lapso durante el cual se ausentaba la mayor parte del tiempo, llegando a casa a altas horas de la noche y muy alcoholizado. La fatiga y la impotencia eran notorias en el rostro cansado de Victoria, a la vez que un hartazgo por su matrimonio. En una ocasión Victoria me invitó a tomar una café a su casa. Era jueves y raramente el cielo estaba nublado, lluvioso. Entramos a su casa; las niñas no estaban ya que las había llevado con una hermana. Victoria, después de tres tazas de café y de platica confidencial, no pudo contener las lágrimas, y sin pudor alguno, me mostró un golpe que su marido le había propinado en la nalga izquierda donde tenía pintado un gran moretón rojo. Sonrojé al ver su exquisito glúteo lastimado. Me instó a sobarlo con mi mano; a sentir la tersura herida de su piel. Me invitó a besar su moretón, a paliar con mis labios el dolor que sintió. Me invitó a lamer la curvatura entera de su glúteo; a limpiar con mi lengua las escorias de su desdichado matrimonio; a aliviar con mis caricias todos sus suplicios; a remover poco a poco, con mis nerviosos dedos, todo el velo acre de su impotencia; a saciar con sus jugos mi clandestina sed; a introducir en ella el anhelado deseo de venganza, penetrando hasta el alma, para purificar su cuerpo de las infamias infringidas, a penetrar, en el más amplio sentido del termino… ¡órale que intenso! dijo Hugo, Pues la verdad si lo fue. Estuvimos viéndonos en secreto por alrededor de seis meses, cuidándonos de miradas furtivas y de platicas incriminatorias, siempre alertas, siempre andándonos con cuidado, caminando sobre el delicado y tambaleante hilo de los nervios, fingiendo indiferencia, aparentando frivolidad. El temor a ser descubierto con las manos en la masa por su alcohólico y bribón esposo me hizo desistir de seguir viéndola. Además, la adrenalina y el vértigo que sentía al estar junto a Victoria empezaban a descongelar sentimientos petrificados en mí, que de haberlos dejado aflorar me hubieran lastimado bastante. Pero ante todo fue el miedo de que su esposo y sus secuaces me fueran a partir la madre lo que me hizo dejar de verla, A mira nomas Jorge, quien te viera. Caminamos una cuadra más y luego doblamos a la derecha. Seguimos en línea recta por todo Padre Mier hasta llegar al cruce con Zuazua. A la derecha se divisa el frontispicio amarillo y nacarado de la catedral y al fondo el Museo de Arte Contemporaneo, obra insigne de Ricardo Legorreta; a la izquierda y un poco a nuestras espaldas esta el congreso del estado, reflejo posmoderno de arquitectura brutalista; contiguamente al congreso esta el palacio de justicia, un gran arco rectangular, gris como gris el cielo del centro de la ciudad es, reflejo brumoso del cielo; al fondo a la izquierda esta el antiguo palacio de gobierno, obra ciclópea, símbolo del auge económico regio de finales del XIX, legado de don Bernardo Reyes, hombre honorable, ejemplo moral y ético; al fondo y de frente se divisa el cerro de la silla, insignia máxima de Monterrey, testigo implacable del acontecer regio, imponente, amenazante, como dos colmillos puntiagudos que recortaran el cielo. El semáforo de transeúntes en verde, treinta segundos para cruzar, y nosotros contemplando el panorama, contemplándonos, sonriéndonos las ganas, Vente Jorge, quiero contemplarte más íntimamente, ya mero llegamos, Ok, yo también te quiero tener más cerca Hugo. La oscuridad finalmente se cernió a nuestro alrededor y en ese mismo instante el cerro de la silla se desvaneció tras el velo oscuro. Llegando a la esquina de…

martes, 14 de abril de 2009

Relato de primavera parte dos

Puede ser, pero no lo creo, esta racha de insomnio me viene acechando desde hace unos tres meses, con intermitencias de buen dormir y noches completas de vigilia enfermiza. Al llegar a la calle Galeana dimos vuelta a la izquierda, pasamos por una estética donde pude divisar a una chica transexual cortándole el cabello a una rubia exuberante, Oye Hugo perdón por la pregunta pero ¿alguna vez has querido ser mujer?, O sea ¿como? Te refieres a si ¿soy transexual o tengo tendencias transgénero? La verdad no, muchos creen que yo tomo hormonas o me inyecto estrógenos pero nada que ver, Es que la suavidad de tu piel y tus modos son muy reveladores, eres algo así como que el colmo de la androginia, Lo se, y me encanta jugar con eso, mi vida esta marcada por esa dualidad de apariencia que se nota en mi, pero honestamente soy muy feliz siendo hombre; algunos han osado llamarme hermafrodita, la verdad no los culpo, pero te puedo asegurar que soy más “machín” que muchos “machos”, aunque las apariencias me desmientan, y tu Jorge ¿alguna vez has sentido el deseo o la necesidad de ser mujer?, Creo que sí, pero más que más que necesidad creo que lo mío es una obsesión o un fetiche. No siento esa necesidad tormentosa que puede llegar a sentir un transexual auténtico. No voy a decir que no me encanta imaginarme mujer, vestirme como mujer y en cierta manera sentir que soy mujer, Sabes Jorge, a mi me pasa algo parecido, de hecho yo suelo travestirme cuando no hay moros en mi casa, lo hago más como diversión, de hecho muchos me han dicho que yo pasaría como mujer en cualquier lugar, pero no me gustaría exhibirme así, me encanta maquillarme, ponerme vestidos, tacones y ser una completa musa pero solo para mi propio espejo. Después de intercambiar varias sonrisas y reírnos con una simpática confidencialidad, cruzamos la calle Hidalgo, ibamos por el lado derecho de la calle Galeana y pasó junto a nosotros un chavo que derramaba sensualidad en cada paso que daba, con lentes oscuros de gota, playera negra en forma de chaleco, pelo ondulado rubio, bíceps y pectorales torneados escultóricamente, manos enormes hermosas, piel acaramelada, blue jeans apretados y gastados por el sol y botas puntiagudas negras: un cuero hermoso. Al pasar junto a mí, el chico me miró y escrutó mis ojos, después hizo lo mismo con Hugo. Por el tipo de mirada esquiva pudimos deducir que el tipo era straight, y su mirada era más de impresión y morbo que seductiva o confidente. Casi al mismo tiempo Hugo y yo volteamos a verle las torneadas nalgas, que resaltaban al termino de su ancha espalda, Que te parece Jorge, creo que uno de esos no nos caería nada mal ¿no crees? En mi rostro se plasmo una sonrisa taimada y una interjección rompió el hielo “Humm”, Ay pero ¿tu eres gay cierto Jorge? ¿O me estoy adelantando demasiado?, Me atraen tanto hombres como mujeres, física, y sentimentalemente, con el mismo grado y con el mismo efecto. Al decir esto pude notar que una leve mueca se dibujaba en el rostro de Hugo, no se si de incertidumbre, de réprobo o simple sorpresa, Pero, o sea ¿debes de sentirte más inclinado hacia uno de los dos sexos no?, Pues honestamente creo que soy bigenérico en el sentido más amplio del termino, sabes, es difícil explicarlo pero creo que soy una persona completamente distinta si estoy con un hombre o con una mujer; una inversión o vuelta de tres cientos sesenta grados se maquina automáticamente en mi, El simple hecho de no saber lo que se quiere es difícil ¿no?, Lo que pasa es que yo si se lo que quiero, solo que mis proyecciones con ambos sexos son algo distintas en lo que al futuro se refiere… Cruzamos corriendo la avenida Ocampo y al llegar a la otra acera Hugo me sonrió condescendientemente dándome a entender que comprendía en cierta medida mis inclinaciones y que no pretendía acosarme con preguntas, y con un suspiro de aliento dijo, Uf por fin llegamos, te voy a presentar a Julia, es encantadora ya verás, ah y además ella es bisexual también, creo que podrían entenderse. Esta revelación me entusiasmó a conocer la susodicha. Entramos a la gran tienda departamental y Hugo me señaló a Julia, quien ya desde lejos traslucía bastante sensualidad. Durante el primer minuto no pude descifrar lo que evocaba en mí aquella mujer de cabello a media espalda negro azabache así como negro su vestido era, rubiconda y pálida a la vez, ojos moros, sonrisa opalina, con un collar áureo alrededor del cuello que rompía con la monotonía del conjunto, de movimientos sensuales y de sonrisa larga y encantadora; cada vez que sonreía sus dientes nácar hacían combinación con el iris de sus grandes ojos, como si dos pequeñas lunas sostuvieran, bajo hilos invisibles, la cuna pálida y pura de una gran luna menguante, de luz enfermiza y radiante. La contemplé por unos segundos y su imagen me llegaba en proyecciones de diversa naturaleza que lentamente confluían en ella, en mi, en todo su ser: imágenes de mi espejo, afiches de mi refugio, voces de mi deleite, el filo de una espada, el maullido de un gato, un destello de acuarela y oleo, un color ámbar, el olor del tiempo, vástagos de mi memoria y de mi ensueño, proyecciones del pasado y del porvenir. Viva, intensa, radiante, rodeada del glamuroso aparato de fragancias, aparadores, luces, dulces, sombreros, colores, corbatas, zapatos, vestidos, corsets, incrustaciones de exportación, marcas sociales, sabores, lujurias... perdida en un prisma psicodélico, sublimada entre el conjunto, abstraída en su lugar, toda ella, solo ella, solo Julia. Sin la menor distracción, Julia atendía a un señor de porte altivo con ojos de humildad, su barba desaliñada y su cabellera desgastada evocaba por momentos la oscura y retraída figura de Klimt, quién, por una extraña razón, tal vez por la atmosfera art nouveau de la tienda, venía a mi mente. Por un momento creí poder descifrar aquella escena, cuando, de repente, una imagen me asaltó. De súbito, aquella prefiguración se hizo manifiesta, y al contemplarla una vez más, después de un pausado parpadeo, el nombre llegó a mi boca: Judith. Si, ella era la sutil reencarnación de su aquella mujer representada por Klimt. Una revelación mística, casi sublime, como si los manes de Judith, redivivos, se hubiesen mágicamente materializado en Julia. Esporádica, nerviosa, desesperada en su anhelo de sangre, viéndome, embistiéndome, embriagándome de sensualidad, decapitando mi sensatez, encontrando en mi a Helofernes, fruto de su triunfo, victoria consumada… Hola Julia ¿como estas?, Hola Hugo que onda, Mira te presento a Jorge, Hola que onda Jorge soy Julia, Hola Julia como estas. Entonces, tras tomar su mano, pude sentir el frío roce de un anillo, como una punzadura de alfiler que me advertía posesión ajena; después sentí un frote, una leve presión sobre el dorso de mi mano que se deslizó exquisitamente por mi índice, mi cordial y mi anular, dejando una leve estela de calor que provocó un pequeño escalofrío en mi, signo prematuro de atracción. Atracción a primera vista, atracción a primer “tacto”. Después de varios minutos de plática, y gracias a la interrupción de un cliente, Hugo aprovechó la oportunidad para ir al baño, Ahorita vengo dejen voy al baño, los dejo solos, Ok aquí te esperamos. Afortunadamente el cliente solo preguntó por el precio de una fragancia “afrodisiaca” y se retiró, dándome la oportunidad de interrogar y conocer más a fondo a Julia, siendo ella la primera en “embestir”, Y ¿de donde conoces a Hugo Jorge?, Lo acabo de conocer hace 15 minutos, ¿En serio? ¿Pero pareciera que se conocen de tiempo?, No, pero creo que hay cierta “química” que hace que fluyan las cosas, ¿Química?, Bueno, algo así, Oh ya veo, Y tu ¿como conociste a Hugo?, Lo conocí hace tiempo en una estética, de hecho, el fue el que me hizo este corte, Se te ve conmadre el cabello así, Gracias, De nada. Sabes ni siquiera sabía a que se dedicaba Hugo, aun no llegábamos a ese punto, o creo que lo íbamos a omitir, ¿Porqué? Porque creo que es irrelevante en algo así de casual… ¿así de casual? Jaja perdón no me hagas caso, ya estoy divagando, lo que pasa es que no he dormido por tres días, Que coincidencia, yo tampoco, Pero tus ojos no lo denotan, o sea, se ven tan claros y cuerdos, pero ¿Hay algo que te perturbe, algún problema que te punce el sueño? Si se puede saber… Creo que es un ansia por cambiar, por transformarme, no se como explicártelo, como que dos personas cohabitan en mi persona; no soy bipolar ni esquizofrénica ni tengo personalidad limítrofe para que no asustarte pero... como que quiero cambiar de rol, de bando… (Curiosamente, algo parecido había estado obrando en mí, ése mismo ansia de transmutación que sobrevenía en Julia, y yo tampoco lo podía explicar, era un cambio de fisonomía, de anatomía…), Que raro, yo he sentido algo parecido, ¿A poco? Si, Oye Jorge se te ve muy padre el cabello a ti también, ¿Me dejas tocarte ese churrito de atrás?, Claro. Al voltearme de espaldas pude divisar a Hugo, quién platicaba con una señora, luego me voltee y sin pensarlo más hice la pregunta del millón, oye Julia perdón por la pregunta pero ¿Eres casada?, Si. Bueno no. Lo que pasa es que aun estoy casada pero llevamos más de dos años separados, cada uno por su cuenta, y pues yo ya no lo puedo considerar matrimonio. El atrevimiento de mi pregunta de alguna extraña manera hizo fluir la confianza y después de sonreírme reservadamente me preguntó, y tú Jorge ¿tienes novia? ¿Novio?, No, llevo más de cuatro meses sin nada, ¿Nada?, y ¿que implica esa “nada”?, Implica que la sexualidad fluye, y es tan fluida que creo lo abarca todo, al menos en mi caso; no me limitan los géneros, O sea te sientes atraído por ambos sexos, Así es. Luego de una pausa y de un gesto disuasivo para desviar el tema, pregunté, Y desde que te separaste ¿no has salido con nadie?, Si, he salido con tres personas, un chavo que resultó gay y me usó para guardar las apariencias, otro del cual me enamoré pero me engañó y al final me botó, y la ultima relación que tuve fue con una mujer, una chava divorciada que terminó engañándome también. Con esta última duré un año y medio. Lo de ella fue algo más profundo, no se, algo diferente. Honestamente con ella me sentí como nunca me había sentido; me llenaba por completo y me hacia sentir plena...

viernes, 10 de abril de 2009

metamorfeandome. Relato de la primavera de 2008

El mes de junio de 2008 fue un hito en mi vida. Después de varios meses de relativa parsimonia espiritual y emocional, repentinamente un desequilibrio empezó a manifestarse en mí. Sé que es una declaración extraña, pero me siento fuertemente atraído por hombres, mujeres y por gente transgénero. El 6 de mayo de dicho año, después de haber sido despedido del trabajo más monótono e incipiente en el que he estado, casualmente (si la casualidad realmente existe) conocí a Hugo, un chico de 22 años de tez caucásica, mirada metafísica, andrógino y deliciosamente sensual. Eran las 6 de la tarde, y bajo el influjo de 3 noches sin dormir y una dosis de taurina y cafeína, no podía más que apreciar sombras, espectros arenosos que solo distinguía bajo un esfuerzo de concentración. El centro de la ciudad era un caos, el calor me mojaba la ropa y me derretía el ánimo, y yo, sin rumbo fijo, me decidí a tomar el metro. Crucé la avenida Pino Suarez como si cruzara un crepúsculo gris y mateado de carmesí, sintiendo demasiadas presencias a la vez: la presencia imponente del tráfico a mi izquierda, el tacto de los cuerpos apretujados, la monótona luz de los semáforos, los gritos estridentes de los puesteros y decenas de pensamientos insanos e ilógicos que el insomnio imprimía a mi desdichada vigilia. Al entrar a la estación Cuauhtemoc sentí que entraba en una gran bodega ciclópea de abominables paredes y abominable ámbito. Ya en las escaleras eléctricas pude vislumbrar un enjambre de muchedumbre que se apretujaba en espera del vagón del metro, mi visión era acuosa, escuchaba y distorsionaba, creía percibir unidad en la masa, como si entrara a un socavón que fuera el hogar de un gigantesco insecto, una masa voluminosa y viscosa, formada por cientos de partículas porosas que se movían sin determinación propia sino a voluntad de él, de su unidad.
Abordé el vagón, el clima no funcionaba y el ardor del aire y el vaho caliente de la gente me colmó y me sentí ebrio de bochorno. Al instante me dispuse a ver la pantalla de noticias para ver si podía distraerme un poco y, al voltear un poco a mi derecha, me encontré con la mirada de un chico que estaba fija en mis aletargados ojos, una mirada que mezclaba el interés y el vacío, naturalmente magnética como la mirada de una modelo profesional en pasarela, fija y fría, distante y profunda a la vez. Al sentir mi mirada sus ojos se turbaron un poco y el vacío se lleno de impresión, la frialdad se tornó tibieza, y un leve brillo en sus ojos me confirmó su interés y la vulnerable correspondencia de dos desconocidos que se atraen a primera vista. Nuestra mirada quedó suspendida por un minuto; yo fui el primero en ceder y voltearme. Después de unos segundos nuestras miradas volvieron a chocar, en un vaivén de sonrisas, coqueteos e invitaciones subliminales a la lujuria. Me había propuesto bajarme en la estación de Padre Mier, pero al ver el continuo coqueteo y la casi manifiesta propuesta a lo que comúnmente se conoce como un “encuentro casual”, una relación fugaz de dos seres cuyo deseo no respeta ni tiempo ni espacio, me dispuse a esperar a la siguiente y última estación: la estación Zaragoza. El vagón se detuvo y la gente empezó a salir, yo esperé a que el chico bajara para ir tras sus pasos y, con un movimiento de cabeza, él me indicó que saldría y se dirigiría a la salida izquierda del metro. Con paso rápido y sin dudarlo un segundo me dirigí hacia él, que de espaldas, sintió mi presencia y me miró sobre el hombro. En un acto casi instantáneo y natural me dijo, Hola ¿como estas? ¿Qué onda, que haces, como te llamas? Yo un poco mareado por el viaje y el insomnio, volví por completo en mí, fue como si me hubieran inyectado adrenalina y la somnolencia en mis ojos se desvaneció instantáneamente para traerme a un chico hermoso, de facciones sutiles, caminar cadente y gestos taimados, casi una mujer, Hola soy Jorge y tu ¿Cómo te llamas?, Hugo, Mucho gusto Hugo, y que onda que te trae por estos rumbos, Vengo a visitar y a cobrarle un dinero a una amiga que trabaja en Liverpool, Y tu ¿de donde vienes? Como que te noto algo cansado, Algo es poco… lo que pasa es que llevo tres noches en vela y la verdad ya me pesan, Ay pues que tanto haces por la noche Jorge, Nada, eso es lo peor, no hago más que cavilar en un mar de pensamientos entrecruzados, un caos lógico de pensamientos valga la paradoja, Hum, pues que mal, he oído que la gente se muere más pronto por falta de sueño que por falta de comida, Es correcto, además, la vigilia del insomnio es como andar muerto en vida, Tus ojos reflejan algo de ese cansancio, te ves muy decaído, pero detrás de tus ojos rojos de desvelo puedo ver a un chavo súper lindo que ya descansadito sería aun más lindo. Una sonrisa de compasión y consuelo se dibujó en su rostro, a la vez que una sonrisa forzada, casi de cartón se quebró en el mío, Gracias Hugo, Oye pues ¿acompáñame no? Vamos a Liverpool y de ahí si quieres vamos al río Santa Lucía o a un café y después… pues ya veremos, Ok, vamos entonces. Juntos subimos por las escaleras eléctricas y en el mismo estrecho escalón, sintiendo nuestros cuerpos cerca y con leves y excitantes roces. Salimos por el lado de la macroplaza, justo a un lado de la estatua del minero que golpea el engranaje, sintiendo el leve sol del crepúsculo que aun así golpeaba como una puño de aire hirviendo sobre nuestros rostros; estábamos en plena primavera pero parecíamos estar en plena canícula, cuarenta grados a las 6:15 de la tarde. Caminamos un trecho sin mencionar palabra. Cuando cruzamos la avenida Zaragoza y nos sumergimos en la muchedumbre de Morelos me di cuenta de la extraordinaria sensualidad con que Hugo caminaba, atrayendo las lascivas y confusas miradas de los hombres y las sorprendidas y curiosas miradas de las mujeres que a la vez eran confusas. ¿Qué es, hombre o mujer? Parecían murmurar. ¿Aún así yo me lo tiraba? Al cabo yo veo una mujer y no un hombre. ¡Qué niño tan lindo! Parece de azúcar. Voces y voces, murmullos de incertidumbre, la androginia en su máxima expresión. (Recuerdo que una prima mencionó alguna vez que el atractivo de muchos hombres estribaba en lo andrógino de su anatomía, y que muchas mujeres encontraban super sexy a los “niños-niña”) En mi caso, lo que me atrajo de Hugo fue en primer lugar lo tentador de su mirada, y en segundo, el hecho de creer que Hugo era o tenía tendencias transexuales; en ese entonces estaba obsesionado con la transexualidad, para mí no había cosa más deliciosa que ver a una mujer con facciones ahombradas, el ver como se fundía en uno lo mejor de los dos sexos, y deseaba a como diera lugar un encuentro con alguien transexual. Buscaba y fatigaba sitios de internet con contenido erótico o porno transexual, me podía pasar la noche entera deleitándome con cada uno de los videos o fotografías, anhelando a la vez, ser un transexual, verme transexual, vivir mujer, vestir mujer, ser mujer… Una especie de obsesión que me había llegado de súbito, tal vez porque tengo una prima transgenero con quién había estado comunicándome por yahoo desde hacía dos meses, y cuya transición tan perfecta me parecía algo fuera de lo normal, o tal vez porque mi bisexualidad alcanzaba su cenit en un transexual, o tal vez yo era un transexual, o… Después de caminar una cuadra Hugo me preguntó, ¿y que onda a que te dedicas?, me acaban de despedir de un call center que esta por cumbres, Ahora veo la causa de tu desvelo, preocupaciones laborales, desempleo, Puede ser, pero no lo creo, esta racha de insomnio me viene acechando desde hace unos tres meses, con intermitencias de buen dormir y noches completas de vigilia enfermiza. Al llegar a la calle Galeana dimos vuelta a la izquierda, pasamos por una estética donde pude divisar a una chica transexual cortándole el cabello a una rubia exuberante, Oye Hugo perdón por la pregunta pero ¿eres transgenero? Te refieres a si ¿soy transexual? Pues fíjate que no, muchos aseveran que yo tomo hormonas o me inyecto estrógenos pero la verdad nada que ver, Es que la suavidad de tu piel y tus modos son los de una mujer, Lo se, y me encanta jugar con eso...

domingo, 5 de abril de 2009

Primeras posturas

Contrario a lo que comunmente sucede, mis primeras posturas y convicciones políticas tendían más hacia lo que arcaicamente se conoce como la derecha mexicana o "derecha" a secas. Creía que había ciertos valores de la derecha que los socialdemocratas o la " izquierda" no llenaba. Con el paso de los años y tras varias experiencias y sucesos que me obligaron a reflexionar, llegué a la conclusión de que en la cúspide de todos los valores y virtudes debe de estar la Libertad, y ningún otro valor debe o puede anteponerse a esta, lo que me llevó a cuestionar ciertas posturas ortodoxas de la "derecha" las cuales coartaban en cierta medida y algunas por completo a la Libertad, esto me hizo cambiar de perspectiva y paulatinamente me llevó a un distanciamiento de esa corriente y a un interes movido más por la curiosidad que por la pasión política hacia las posturas de "izquierda". En cuanto a mi opinión acerca de la izquierda mexicana baste decir que la considero arcaica, anticuada, anacrónica y ridícula. Creo que la izquierda hoy por hoy debe de ser una corriente que acepte la crítica y que se autocritique; la critica es el ingrediente escencial de la postmodernidad. Un ejemplo de buena izquierda sería la izquierda francesa, que si bien no ganó los comicios pasados, sigue teniendo un gran impaco a nivel nacional, continental y global.Siento aversióin hacia cualquier tipo de fobia social, y repugno a aquellos que discriminan en base a prejuicios o fobias.